Incidente en Chornóbil
Cuando todo sale mal, episodio 1
Primer episodio del podcast “Cuando todo sale mal”. Escúchalo en Spotify. Este artículo es su compañero fiel: puedes encontrar aquí la transcripción completa, junto con fuentes, notas y música.
Episodio 1: Incidente en Chornóbil
Estamos en el año 1986. La pequeña ciudad ucraniana de Prípiet está pasando un viernes tranquilo. Cuando llega la madrugada, se escucha una explosión atronadora en toda la ciudad. Los bomberos acuden al lugar del accidente, la central Liénin, y se encuentran con un espectáculo dantesco: un edificio colapsado, un incendio tremendo y decenas de heridos. La peor catástrofe nuclear de todos los tiempos acaba de empezar.
¿Qué salió mal en esa noche terrible de abril? En pocas palabras, todo.
Es posible que nunca hayas oído hablar de Prípiet o de la central nucler Vladímir Ilích Liénin. Pero seguro que te suena el nombre de Chernobil, que es una mala transcripción del inglés de la versión rusa del nombre de la provincia de Chornóbil, en Ucrania. Y te suena seguramente a desastre absoluto.
Estamos en “Cuando todo sale mal”, con tu anfitrión Alex Fernández, “pinchito”. Hace unos días ha sido el 40 aniversario del accidente de Chornóbil. En este episodio vamos a investigar por qué ocurrió, cómo llegó a cambiar el curso de la historia e incluso a afectar al clima de nuestro planeta Tierra.
Capítulo 1: el incidente.
El sábado 26 de abril a la 1 y 23 minutos, la central nuclear Vladímir Ilích Liénin sufre un “incidente”: el reactor número cuatro alcanza la criticalidad de forma explosiva. La cubierta del edificio vuela por los aires, desperdigando material radiactivo a los cuatro vientos. Es el peor desastre nuclear conocido hasta entonces, y este récord macabro no ha sido por suerte superado hasta hoy ni de lejos.
Pocos minutos antes, el personal de la central está haciendo una prueba de seguridad. El equipo de guardia de madrugada tiene poca experiencia, pero el equipo titular de día no pudo terminarla y les ha pasado el testigo. La pregunta que quieren responder es: cuando se corta la electricidad a la central, ¿es suficiente la corriente residual que genera el reactor para mantener el núcleo refrigerado, por lo menos hasta que salten los generadores de respaldo?
Es una pregunta importante: si no sale bien, un corte de luz puede llevar a que el núcleo se caliente demasiado. Y no se puede reactivar el reactor hasta que se pase la prueba. Y Ucrania necesita la electricidad.
En cada intento, los operarios bajan la potencia eléctrica y esperan a que el reactor se apague, vigilando la temperatura del núcleo mientras la potencia cae. Lo que no se esperan es que la potencia generada empiece a subir sin control, como pasa en este intento. Nadie entiende nada. Los operarios asustados lanzan el procedimiento de emergencia, que consiste en bajar rápidamente las barras de control. Se supone que con esta operación se debería detener la actividad del núcleo al instante. De repente se desata el infierno.
Se oyen varias explosiones. La tapa del reactor cuatro, que pesa 1200 toneladas, sale volando por los aires. Varios operarios de la sala de control mueren inmediatamente. El resto sale huyendo como puede. El reactor está ardiendo. Y nadie sabe qué hacer.
Al rato llegan los bomberos, que luchan contra el fuego como pueden, para evitar que las llamas se extiendan y se propaguen a los otros reactores. Es urgente estabilizar el núcleo para evitar males mayores. Mientras tanto, los isótopos radiactivos invisibles se están liberando a la atmósfera en grandes cantidades.
Occidente
Portadas de El País, tres días después del accidente. 29 de abril de 1986: “Nube radiactiva en Escandinavia por un escape nuclear en la URSS”. 30 de abril de 1986: “Moscú desaloja 4 ciudades y reconoce 2 muertos por el accidente nuclear”.
En occidente las primeras señales de alarma llegaron de Suecia. Dos días después, el 28 de abril, los trabajadores de la central nuclear de Forsmark encontraban rastros radiactivos en su ropa que no tendrían que estar ahí. Estaban a 1100 km de la central nuclear Liénin. Poco después la red nacional de vigilancia, instalada durante la guerra fría para detectar pruebas atómicas, sonó la voz de alarma: en alguna parte había habido un accidente nuclear en un reactor.
La nube empezaba a extenderse. Datos similares empezaban a llegar de Dinamarca y Finlandia, confirmando que la huella radiactiva correspondía a un reactor que había explotado, y no a una bomba. Este punto es importante a la hora de qué protocolos seguir. Esa tarde varios aviones suecos Lansen con detectores de radiación recorrieron la frontera buscando el origen de las emisiones. Por la noche un helicóptero tomó medidas directamente en las nubes. Tras seguir los vientos dominantes, se determinó que la radiactividad venía de la frontera con Ucrania.
Una nube radiactiva generada en algún punto de la Unión Soviética se extendía por Europa. Es difícil calibrar la alarma en un continente situado entre dos superpotencias nucleares en plena guerra fría. La falta de información y el oscurantismo tradicional soviético no ayudaban.
Al día siguiente las autoridades soviéticas admitieron el desastre, afirmando que la situación estaba bajo control. En la práctica se estaba luchando ferozmente por controlar el núcleo del reactor, y evacuando a toda la población tanto de Prípiet como de Chornóbil.
Por cierto, ahora que vemos de nuevo estas dos poblaciones, una nota al pie. Durante todo este episodio he intentado usar versiones de los nombres en español que se aproximen más a la versión original rusa o ucraniana según el caso, lo que puede hacer que suene raruno porque estamos acostumbrados a pasar por el filtro americano. Creo que también puede darle un aire más fresco a acontecimientos que tenemos muy manidos.
Capítulo 2: las causas.
Portadas de El País, semanas después del accidente. 2 de mayo: “Moscú sigue sin ofrecer datos para valorar el accidente de Chernobil”. 7 de mayo: “Moscú admite que tardó en valorar la gravedad del accidente nuclear”. 12 de mayo: “Moscú admite que hubo peligro de catástrofe en Chernobil”.
¿Qué fue realmente lo que causó el accidente? La agencia internacional de la energía atómica, la IAEA según sus siglas en inglés, se reunió con los expertos soviéticos en Viena en agosto de 1986. La delegación cuenta con el camarada Legásov: el científico más destacado de la comisión formada por el gobierno para investigar las causas del incidente.
Legásov era un distinguido profesor de química inorgánica, miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, y subdirector del instituto Kurchátov de Energía Nuclear. A continuación la IAEA publicó el informe INSAG–1, donde se resumía la posición oficial sobre el accidente: durante la investigación se descubrieron graves irregularidades en la operación de la planta. Los responsables de la planta aceleraron los plazos para cumplir sus objetivos, obligando a un equipo con poca experiencia a realizar pruebas críticas. Además los operarios actuaron con temeridad, violando todos los protocolos de seguridad: continuaron con las pruebas después de encontrarse con situaciones que estaban muy fuera de su alcance. Toda la responsabilidad se achacaba al personal de la central. Esta versión oficial además resultaba muy conveniente para el gobierno soviético, que quedaba libre de culpas.
Hasta aquí todo normal. En un accidente de esta magnitud tendemos siempre a buscar culpables: es la naturaleza humana. Según la teoría del profesor de la universidad estatal de Ohio David Woods, es lo que llama una “primera historia”: siempre un error humano. Pero, la verdad, no se entiende cómo una central nuclear soviética de última generación puede reventar por un mero error humano; tenemos que excavar más para llegar a lo que Woods llama “segundas historias”.
Es tentador dejarse guiar por versiones novelizadas, como la serie de HBO, con un hilo conductor claro y una posición ideológica marcada. Pero también puede ser muy engañoso, porque su visión tiende a ser muy sesgada. Para evitarlo vamos a seguir sobre todo tres fuentes primarias, todas con un trasfondo curioso. Nota al pie: en historia, se llama “fuente primaria” a un documento original de la época, por contraposición a una interpretación o elaboración posterior.
En primer lugar, las cintas de nuestro amigo Valiéri Legásov, el científico jefe de la comisión del gobierno que fue a declarar a Viena en 1986. Casi dos años después del accidente, el camarada Legásov grabó una serie de cintas increíbles donde describía todo lo que fue mal en la central Liénin. Poco después se suicidó, justo tras el segundo aniversario del accidente. Podemos suponer que ya no tenía miedo a repercusiones, y que todo lo que dice en las cintas es verídico. Yo me imagino cómo se debía sentir tras haber vendido a la IAEA que todo fue error humano, además de haber echado a los perros al personal de la central.
A continuación tenemos a nuestra disposición un documento excepcional: el informe de la Agencia Internacional de la Energía Nuclear INSAG-7. Bajo este nombre tan poco sexy la IAEA se retracta del informe inicial que hemos visto antes: tras la primera historia de libro achacando el incidente al error humano, viene una segunda historia también de libro. En 1992 la IAEA se reúne de nuevo para revisar las causas, y concluye en las 148 páginas del informe que había bastante más que rascar.
Nuestra última fuente la conocemos gracias a una carambola histórica. En Ucrania se guarda una copia de todos los archivos del politburó, el máximo órgano ejecutivo de la Unión Soviética, a disposición de las autoridades locales. Esto incluye una serie de documentos secretos, donde se discute el accidente con el dirigente soviético Mijaíl Gorbachióf. Tras ganar la independencia de la Unión Soviética este material pasa al museo nacional de Chornóbil en Kiev, gracias a lo cual se ha traducido al inglés.
Fiabilidad máxima
Usando todo este material vamos a ver las causas, que son múltiples. Legásov es un químico inorgánico de formación, pero en las cintas muestra una tremenda intuición de ingeniero. En sus palabras:
El estándar de seguridad para estaciones nucleares consiste en tres elementos. Uno, hacer que el reactor sea fiable al máximo.
¿Cómo hacemos que algo sea fiable al máximo? Revisando todos los puntos posibles de fallo, haciendo que la operación sea segura por defecto, y usando sistemas redundantes cuando sea necesario. La planta Liénin era de diseño RBMK (por sus siglas en ruso, que no voy a intentar pronunciar, pero que en español significa reactor de condensador de alta potencia). Estos reactores no pasan ni una sola de las pruebas de Legásov.
Para empezar, el diseño tiene fallos cruciales. El reactor está refrigerado por agua que se mueve mediante unas bombas. Si se corta la corriente eléctrica, el agua deja de circular, con lo que puede hervir y reventar las tuberías. Esto es justo lo que se estaba probando en Chornóbil en la noche del accidente: usar la energía residual generada por el reactor para mantener la circulación del agua. Esto ya en sí parece arriesgado. Para empeorar la situación, el coeficiente de vacío de estos reactores es positivo: lo que quiere decir que al formarse burbujas en estas tuberías las reacciones nucleares aumentan su potencia, haciendo que la operación sea poco predecible.
Para controlar la reacción nuclear se usan barras de grafito, que absorben neutrones, lo que hace que se ralentice la actividad del núcleo. Por desgracia, en los reactores RBMK estas barras tienen el curioso efecto de acelerar la reactividad instantánea si se bajan demasiado rápido, porque eliminan de golpe el agua que moderaba los neutrones.
Por último, Legásov recomienda tener como mínimo dos sistemas redundantes de protección ante emergencias; y propone, además de las barras de control, un sistema de protección independiente operado por gas. Cuando sacó este tema en discusiones con sus colegas del instituto Kurchátov, le dijeron que no entendía nada de seguridad. Los reactores RBMK tenían no dos, sino 211 sistemas de protección: las 211 barras de control. Con el pequeño detalle de que se operan con el mismo mecanismo. Es un ejemplo bastante claro de la cultura de seguridad lamentable que reinaba en la industria Soviética. No, queridos camaradas, Legásov tenía razón: 211 barras manejadas por el mismo operador no son 211 sistemas independientes.
Por si fuera poco, según Legásov la construcción de los reactores es caótica. Al revisar los planos contra la realidad, los ingenieros se encuentran soldaduras mal hechas, firmas en tareas que no se han realizado, y en general trabajos chapuceros que podrían poner en peligro la operación de las centrales.
Veamos el segundo punto de Legásov:
Dos: hacer que la operación sea fiable al máximo.
En sus recomendaciones esto se concreta en tres puntos: personal entrenado, con buena disciplina, e instrumentación fácil de operar. Pero en Chornóbil, y en general en la industria nuclear soviética, parece que no había ni formación, ni disciplina, ni buenos aparatos. Vamos a verlo.
En julio de 1986, pocos meses después de la catástrofe, Barís Shierbína le canta las verdades a Mijaíl Gorbachióf en plena sesión del politburó:
Los incumplimientos de los procedimientos cometidos por el personal operativo no venían causados por alguna situación extraordinaria […]. Eran una serie de violaciones imperdonables de reglamentos y normas, se podría decir, bajo condiciones operativas normales. Los errores del personal operativo se agravaron por fallos en el diseño del reactor. Son la razón de que el proceso resultara en el máximo accidente hipotético, el más grande en la historia de la industria de generación nuclear.
Shierbína es el director de la comisión que investiga Chornóbil; es decir el jefe de Legásov. Como hemos visto no tenía pelos en la lengua. Además de los graves fallos de diseño, que pasa a enumerar a continuación, había tremendos problemas operativos. Toda la transcripción de la sesión del politburó sigue el mismo tono y no tiene desperdicio.
Vamos a ver ahora qué dice el informe de la IAEA:
INSAG confirma que la cultura de seguridad no se había cultivado en las plantas nucleares de la Unión Soviética antes del accidente de Chernobil. Muchos de sus requisitos parecen haber existido en los reglamentos, pero nunca se impusieron. Muchos otros aspectos necesarios no existían por ninguna parte. Las prácticas locales en las plantas nucleares, que se puede asumir que eran las típicas de Chernobil, no reflejan una cultura de seguridad.
En Occidente, por el contrario, se seguían prácticas estrictas de operación, que se mantienen hoy día.
Vamos al tercer punto del estándar de seguridad nuclear según Legásov, que es crucial:
Tres: toda esta industria peligrosa debe estar obligatoriamente dentro de un edificio de contención, como se le conoce en occidente.
La idea básica es aceptar que pueden ocurrir accidentes. Así que hay que evitar que, cuando ocurran, sean catastróficos. La radiación nuclear tiene que quedar contenida en una estructura sellada. Fue así cómo en el accidente de Fukúshima Daiichi de 2011 se limitaron las fugas radiactivas.
Ojo, no estamos hablando de la clásica vasija gigante que vemos por ejemplo en los Simpson, que ha pasado a ser el símbolo más reconocible de la industria nuclear. Estas estructuras son torres de condensación: su uso primordial es enfriar el vapor liberado por las turbinas, lejos de la radiación del núcleo. La central de Fukúshima ni siquiera tiene torres de éstas, pero sí un edificio magnífico de contención.
En Chornóbil, igual que en casi todas las centrales nucleares soviéticas, se eliminan estas estructuras costosas. Como conclusión, en un accidente se va a liberar toda la radiación directamente a la atmósfera.
Legásov señala, con bastante perspicacia, que no se puede culpar sólo al diseño o a la construcción. Finlandia opera desde los años 70 la planta nuclear de Loviisa, de diseño soviético. Sin embargo los ingenieros fineses exigieron desde el principio que se añadiera al diseño básico VVER una estructura de contención, y otras mejoras que lo hicieran más fiable. A partir de ese momento los propios ingenieros soviéticos optaron por este diseño mejorado con edificio de contención. Además llevaron a cabo reformas drásticas en el modo de operación. Según el camarada, estos cambios hicieron de Loviisa, pese a la profunda influencia soviética, “la mejor estación nuclear del mundo”. No hace falta decir que alabar cualquier cosa occidental en Moscú no debió ayudar a que el camarada Legásov fuera un personaje popular en las altas esferas.
Causa raíz
Entonces, ¿cuál fue la auténtica causa del accidente? Como hemos visto, hay múltiples deficiencias tanto en el diseño como en la operación de la central nuclear Liénin. ¿Cuál fue la que inició la secuencia fatal?
Es posible que hayas oído hablar del “análisis de causa raíz” tras un incidente. Es muy útil para llenarse la boca de palabras que suenan importantes, pero por desgracia muy deficiente como herramienta de diagnóstico y mejora. En palabras de John Allspaw, experto en análisis de incidencias:
Encontrar la causa raíz de un fallo es como encontrar la causa raíz de un éxito.
O sea, imposible. Traduzco del informe de 1992 de la IAEA, que como se puede ver no tiene ninguna piedad:
Así que surge la pregunta: ¿qué debilidad fue la que causó el accidente? Hay una segunda cuestión: ¿importa de verdad cuál de las deficiencias fue la causa, si cualquiera de ellas podría haber sido el factor determinante?
En ingeniería a menudo se usa el diagrama que el ingeniero japonés Ishíkawa popularizó en 1960 en el ámbito del control de calidad. Es una forma de ver rápidamente todos los posibles problemas en un proceso o producto siguiendo la silueta de una raspa de pescado; muy útil para no quedarse en la superficie, sino seguir rascando hasta haber localizado todos los puntos de fallo. A continuación nos fijamos en los que sean más importantes para afinar el proceso.
Centrarse en una sola causa es contraproducente. Hay que encontrar cualquier factor que pueda contribuir a una situación peligrosa, y resolverlos todos. Es más, si queremos eliminar cualquier posibilidad de fallo, más nos vale hacer una revisión completa de seguridad del sistema, y reforzar cualquier aspecto que pueda fallar en el futuro.
Precursores
Si todo estaba tan mal, ¿cómo es que no ocurrieron otros incidentes? Pues el caso es que sí que ocurrieron. Por suerte o por desgracia, es muy raro que una catástrofe de esta magnitud no tenga precedentes.
En 1983 hubo un incidente en la central nuclear de Ignalina, en Lituania, con el mismo diseño RBMK que la de Chornóbil. El coeficiente de vacío positivo estuvo a punto de causar un accidente nuclear. El ingeniero diseñador jefe de los reactores RBMK afirmó que iba a modificar el diseño para corregir el problema, pero estos cambios nunca llegaron; y los procedimientos de seguridad que recomendó nunca alcanzaron las instrucciones de operación de las plantas.
Por si fuera poco, en 1975 (once años antes de la catástrofe) había habido un incidente en la planta nuclear de Leningrado, donde se localizó el problema con el coeficiente de vacío. Y no quedó en un asunto teórico; hubo de hecho fuga de radiactividad. Pero sin ir más lejos, en la planta Liénin (la de Chornóbil) se había encontrado un problema similar en 1982 durante la carga de combustible. Ninguno de estos incidentes resultó en investigaciones profundas.
La forma de pensar de los ingenieros puede parecer retorcida, porque llega a ser muy diferente de la de la gente ordinaria. Una persona normal ve una situación de peligro potencial y piensa: “bueno, no ha pasado nada, ¿no?”. Tendemos a quitarle importancia e incluso a olvidar lo que ha pasado. La mente ingenieril, por el contrario, suele pensar en los riesgos de forma distinta, aunque una situación no tenga consecuencias. Una ingeniera se encuentra un hecho en el que no ha pasado nada, pero calibra que ha habido un riesgo innecesario, así que piensa en las mejoras posibles: “¿cómo evitamos la próxima vez el peligro?”. Esta fijación es lo único que nos salva de que haya más catástrofes.
También es importante tener la calibración bien ajustada. No es igual el riesgo de operar una central nuclear que el de una central química, o que una fábrica de juguetes, por poner el caso. Y no tienen los mismos requisitos una instalación de refinamiento de isótopos que una tienda de golosinas, aunque ambas puedan mandar gente al hospital. En realidad podríamos ver la catástrofe de Chornóbil como un gran problema de calibración de riesgos.
Política
Pero vamos a seguir rascando. ¿Por qué tantas prisas para diseñar, construir y poner en marcha estas centrales nucleares? Pues la clave hoy día nos puede parecer simpática: está en el ansia del gobierno soviético por descarbonizar su economía. Literalmente. En ese tiempo el vastísimo imperio soviético dependía de centrales de carbón: sucias, contaminantes y costosas. La industria que había detrás causaba decenas de accidentes anuales; por hacernos una idea, en 1990 sólo un 5% de los mineros soviéticos llegaban vivos a la edad de jubilación: que era por cierto de 55 años. Las centrales nucleares se veían, con razón, como una alternativa segura y limpia para generar energía.
Se pueden extraer moralejas algo típicas y manidas, pero que en realidad siguen siendo válidas, sobre la forma de actuar tan diferente que tenían las superpotencias de la guerra fría.
En occidente las protestas anti-nucleares habían llevado a extremar las precauciones: cualquier problema serio habría hecho casi imposible construir más reactores, por lo extremadamente impopular que era ya la fisión atómica. Pero en la Unión Soviética no tenían este problema: los rusos tendían a tirar por el camino más rápido, y la opinión popular contaba poco. El objetivo no era tanto ahorrar dinero (que tenían en abundancia), sino acelerar la construcción del mayor número posible de centrales.
Y fue así cómo la seguridad dejó de ser un objetivo importante en esta carrera loquísima por la supremacía nuclear. Y cómo las autoridades soviéticas se calzaron las orejeras para no ver los flagrantes fallos de diseño que tenían sus nuevas centrales, pese a avisos repetidos por parte de los técnicos, y como hemos visto, varios amagos de accidente en los propios reactores.
Capítulo 3: las consecuencias.
Más portadas de El País, semanas tras el accidente. 1 de mayo: “Los países vecinos de la URSS se preparan contra la radiactividad”. 3 de mayo: “Leve subida de radiactividad en tres ciudades españolas”. 8 de mayo: “Detectado yodo radiactivo en orina humana en Barcelona”. 10 de mayo: “La radiactividad subió en Italia 100 veces sobre su nivel normal”.
España está a más de 2000 km de Chornóbil. Los vientos dominantes tras la catástrofe soplaban hacia el noroeste, lejos de la península. Pero en las semanas y meses posteriores al accidente la alarma resonó con el público: los medios de comunicación seguían la nube radiactiva por toda Europa, y las autoridades monitorizaban la radiación en el aire. Constantemente llegaban noticias de partidas de productos contaminados. En una película de 1992, “Makinavaja: el último choriso”, un personaje dice:
“Más nocivo que una lechuga de Chernobil”.
Prípiet era una “atomgrad”, una ciudad atómica levantada en 1970 sólo para dar servicio a la central nuclear Liénin. Con el tiempo llegó a los cincuenta mil habitantes, superando a las quince mil personas de la ciudad madre de Chornóbil. Ambas tuvieron que ser evacuadas en apenas tres días.
Pero no bastaba con realojar a sesenta y pico mil personas. Ucrania es un país agrícola. En los años 80 la agricultura representaba alrededor del 25% de su producto interior bruto. Imaginad lo que significaba para la república soviética no poder exportar nada de lo que se cultivaba, por miedo a la radiactividad. Había que descontaminar el suelo, y rápido.
El oscurantismo de la Unión Soviética no ayudaba. Hoy en día es difícil imaginarse el papel de Ucrania como república soviética. Aunque teóricamente el sistema se regía por la igualdad comunista, en la práctica funcionaba como un imperio, controlado desde Moscú. Los países vasallos tenían en la práctica menos derechos que la Madre Rusia. Pero algo estaba cambiando.
La liquidación
En este punto, tras el accidente, empezó un episodio donde el propio camarada Legásov jugó un papel brillante: como director técnico de la comisión que llevó a cabo la liquidación. La responsabilidad cayó sobre Barís Shierbína, a quien hemos visto cantando las cuarenta a Gorbachióf en pleno Politburó. (Otra nota al pie: el típico nombre ruso que leemos “Boris” en realidad se pronuncia “Barís”.)
Ya hemos visto cómo el camarada Legásov critica sin piedad el diseño del reactor y en general la cultura nuclear de la época, pero a continuación nos cuenta que no encontró ninguna falla en la actuación de la comisión liquidadora, ni en el apoyo del gobierno soviético.
En primer lugar, quiero decir que poner a Barís Eudokimóvich Shierbína como cabeza de la comisión gubernamental fue muy buena elección. Porque tenía la buena costumbre de escuchar cuidadosamente a los especialistas, entendiendo su punto de vista rápidamente, y estar listo inmediatamente para tomar decisiones.
Según él, se pusieron todas las medidas necesarias para lidiar con la catástrofe. En mayo la situación estaba controlada, pero el núcleo del reactor seguía activo. Siempre intentando ser fiel a la verdad, Legásov nos cuenta cómo se hizo para bajar la temperatura del núcleo. Traduzco de sus cintas, testimonio fundamental de primera línea:
Le dije inmediatamente a Shierbína que 200 toneladas de plomo no resolverían nada. Necesitábamos dejar caer unas 2000 toneladas sobre el cráter del reactor. Él escuchó con atención y pidió 6000 toneladas de plomo, porque pensó que podíamos habernos equivocado en nuestros cálculos.
Más de 22000 soldados, y un total de 600.000 liquidadores, llegaron a estar involucrados en la descontaminación de la zona y la mitigación de consecuencias del accidente. Trabajando en condiciones muchas veces lamentables, pero con el apoyo total del gobierno. Cito a Legásov de nuevo:
Y para los temporales que tenían que trabajar en los bloques primero y segundo, se construyó una ciudad estupenda con todas las comodidades: casas, tiendas, e instalaciones culturales. Esta población se construyó literalmente en un par de meses. Shierbína seguía en persona la construcción de la ciudad, prestando atención no sólo a los lugares donde dormir después del trabajo, sino también a que hubiera flores, a que la cantina funcionara tan bien como en cualquier otro lugar de la Unión Soviética, y a que la gente estuviera cómoda allí.
Durante mayo se construyó un sarcófago de cemento gigante cubriendo la estructura, en ruso el “Obyéct Ucrítiye”. Esta estructura se hizo con prisas para contener la radiación y los materiales radiactivos, que seguían muy calientes. De nuevo cito a nuestro testigo favorito:
La fecha original para esta construcción era a finales de septiembre, pero varios problemas que de forma natural fueron saliendo impidieron que se completara el trabajo a tiempo. Pero, repito, esto fue debido a que todo el rato aparecían circunstancias no previstas. […] Todos los problemas se resolvieron gradualmente durante la fase de diseño y se refinaron durante la construcción del sarcófago del bloque cuarto.
La respuesta ante una catástrofe de esta magnitud es siempre un indicador de la calidad de la organización que la genera, y en realidad de la humanidad de la sociedad que la sufre. La primera medida debe ser siempre evitar que vaya a más; pero la segunda es reparar las consecuencias e indemnizar a la población afectada. Está claro que aquí no hablamos de la misma Unión Soviética que permitió el holodomór en esta misma Ucrania en 1932: una serie de hambrunas que causaron varios millones de muertos. La transparencia y la apertura promovidas por Gorbachióf llevaron a una preocupación por los afectados que en mi opinión merece el aplauso de las naciones occidentales.
Las actuaciones no terminaron en la época soviética, ni mucho menos. En 2004 se inició la construcción de un nuevo sarcófago gigantesco envolviendo el anterior, en ucraniano el “Nóvii Bespéchnii Confáinment”. Sufragado ya por el gobierno de Ucrania con ayuda internacional. Con un coste de más de dos mil millones de euros, es la estructura móvil más grande de la historia: se construyó a 180 metros de distancia y se movió mediante raíles hasta su posición actual.
Las medidas
Mientras todo esto pasaba, la central Liénin no estaba parada. Ucrania seguía necesitando la energía eléctrica. Los reactores 1, 2 y 3 se arrancaron de nuevo poco después del accidente, y con el tiempo se fueron cerrando. El diseño era idéntico al reactor 4, y además con los mismos peligros.
La planta no cerró definitivamente hasta el año 2000. Hasta entonces, unos cuantos operarios valientes manejaban los reactores que iban quedando, sometidos a altos niveles de radiación dentro de la zona de exclusión. Trabajaban a pocos metros del cadáver del compañero Valéri Jodemchúk que no se pudo rescatar y quedó enterrado permanentemente en el núcleo del reactor 4. Cada vez que pienso en trabajos difíciles, me viene a la cabeza cómo de dura debía ser la labor de estos valientes.
A continuación viene el punto más importante cuando se responde a una catástrofe: asegurarse de que se no vuelva a repetir. Aquí tenemos que decir que ni la Unión Soviética ni la Federación Rusa han tenido más accidentes de este tipo, gracias en parte a la presión internacional. La docena de centrales restantes de diseño RBMK se han securizado: se han arreglado los fallos de diseño y se ha mejorado la operación.
Las muertes
Más portadas de El País en los meses siguientes al accidente. 13 de mayo: “Primeras medidas contra funcionarios soviéticos por la catástrofe de Chernobil”. 6 de junio: “20.000 evacuados en Bielorrusia por el accidente de Chernobil”.
En julio de 1987 empezó el juicio contra los responsables de la planta. Seis personas acabaron en la cárcel, cada uno con entre dos y diez años.
¿Cuántas personas murieron como consecuencia de esta catástrofe? Es difícil saber, como pasa con cualquier tema altamente politizado. Incluso las muertes directas por el accidente se maquillaron por el gobierno soviético, disfrazando los efectos de la radiación como quemaduras vulgares. Que también habrían sido muertes directas, pero posiblemente algo menos horribles. Los ataúdes de plomo por otro lado delataban la verdad.
Se sabe que unas 50 personas murieron por exposición directa a la radiación. Pero miles más (posiblemente decenas de miles) han muerto por las secuelas. Aquí cada uno cuenta la película según le interesa. Según el consenso científico, publicado por la IAEA en 2005, unas 4000 muertes pueden atribuirse directamente al exceso de radiación. Esta estimación creció hasta 9000 muertes en un informe de 2006 de la OMS. Pero no todo son malas noticias: de los aproximadamente 4000 cánceres de tiroides entre la población afectada por la radiación, en su mayoría niños, sólo se han registrado nueve muertes; el resto de pacientes se han recuperado sin secuelas.
Como sabemos bien después de la pandemia de 2020, la técnica un poco macabra que se suele usar es el “exceso de muertes”: se calcula el aumento de las tasas de mortalidad en Ucrania y en los demás países afectados por la radiación. Hay estimaciones para todos los gustos: de 25000 muertes por la “unión de científicos preocupados”, a decenas de miles por la asociación internacional de médicos para la prevención de la guerra nuclear; entre 30000 y 60000 por el partido verde alemán, y de 93000 según un informe de Greenpeace, que sube hasta 200 mil según el párrafo que se cite.
Dejémoslo en miles de muertes, posiblemente decenas de miles. A todo esto, el informe de la OMS identifica los efectos para la salud mental como los más graves del accidente, sobre todo para los cientos de miles de evacuados.
La herencia.
El incidente nuclear de Chernobyl, como se acabaría conociendo internacionalmente, cambió el mundo. Tuvo importantes consecuencias dentro y fuera de la Unión Soviética.
Se estima que los tres gobiernos afectados (Ucrania, Rusia y Bielorrusia) han gastado cientos de miles de millones de euros en total: mitigación, indemnizaciones, limpieza, monitorización, salud, y otros gastos indirectos. El accidente ha tenido una incidencia importante en la economía de los tres países. En total, unas trescientas cincuenta mil personas fueron realojadas de las zonas contaminadas, y alrededor de un 20% del territorio agrícola bielorruso quedó contaminado, lo que dificultó la agricultura en todo el país. Siete millones de personas han recibido pensiones y beneficios varios. En 2006, por ejemplo, las reparaciones del accidente nuclear de Chornóbil todavía suponían alrededor del 5 por ciento del producto interior bruto de Ucrania.
No me parece exagerado pensar que las consecuencias cambiaron el curso de la historia global. Tanto el peso sobre la economía como el cambio de la opinión pública pudieron forzar la mano de la historia, y ayudar al colapso de la Unión Soviética. Vamos a citar al propio Mijaíl Gorbachióf en un artículo de 2006:
El accidente nuclear de Chernóbil de hace exactamente 20 años, incluso más que mi lanzamiento de la perestroika, fue quizás la causa real del colapso de la Unión Soviética cinco años después.
Sin embargo, el peor efecto de la catástrofe, en mi opinión, claro, es el freno brutal al uso de energía nuclear que supuso el accidente. Cerrar centrales nucleares en toda Europa no ha llevado a usar menos energía, qué va, sino a quemar más petróleo. Las consecuencias directas son problemas respiratorios, cánceres por exposición a óxidos nitrosos y demás gases venenosos, y accidentes constantes en centrales térmicas. Total: millones de muertes al año, según la OMS.
Las consecuencias indirectas pueden ser todavía peores. El aumento del calentamiento global está ya causando serios problemas medioambientales. El uso de petróleo conlleva el aumento de inestabilidad política que ha generado desastres como la invasión de Iraq y ahora la guerra de Irán.
¿Pero por qué nos da tanto miedo la energía nuclear, mientras que catástrofes similares en centrales térmicas no nos hacen replantearnos el uso de combustibles fósiles? Como bien recuerda el camarada Legásov, se han registrado miles de muertes en estas plantas más tradicionales. Aparte de que quemar carbón libera compuestos radiactivos al medio ambiente. ¿Por qué esto no nos preocupa tanto?
La respuesta parece que está en la propia naturaleza humana. En primer lugar, lo que no entendemos nos da más miedo. Y también le damos más importancia a un accidente llamativo que a muchas desgracias cotidianas. Según la psicóloga Rosa María Miguel, un 25% de la población tiene miedo a viajar en avión, aerofobia como se llama. Cada catástrofe aérea sale en las noticias y tiene mucha relevancia. Por otra parte los accidentes de coche matan a mucha más gente: durante 2025 murieron 1119 personas en siniestros de tráfico en España, y ninguna en aviación civil. Según las estadísticas, por kilómetro recorrido, es mil setecientas veces más peligroso ir en automóvil que en avión. Sin embargo no nos preocupa: ¿será porque no te despegas del suelo?
En este sentido la energía nuclear lo tiene todo: al contrario que quemar petróleo, las reacciones atómicas son difíciles de entender; y los accidentes son muy llamativos. ¿Será por eso que sigue habiendo tanta resistencia a la energía nuclear? Después de un registro impecable de 40 años sin un solo muerto en todo el mundo. (Y por cierto, en Fukúshima no se registró ni una sola muerte por radiactividad: pese a lo que podamos recordar, sólo se ha atribuido una muerte posterior de uno de los operarios.)
Por su parte, las centrales térmicas causan miles de muertes directas al año en accidentes, la mayoría debidas a la minería del carbón; y se estima que matan directamente entre dos y cuatro millones de personas solamente por enfermedades pulmonares. Más los efectos del calentamiento global, que pagaremos en las próximas décadas.
Podríamos estimar que las peores consecuencias del accidente de la central Liénin se deben al retroceso de la energía nuclear a nivel mundial. Alemania, por ejemplo, paró la construcción de centrales atómicas tras 1986, y de hecho empezó a cerrar las plantas existentes, hasta que se ha quedado sin ninguna en 2023. Esto se vende como un gran triunfo para el ecologismo. En la realidad, el aumento de renovables no ha podido reemplazar ni de lejos el casi 30% de la potencia eléctrica que suministraban, y hoy por hoy el país consigue el 77% de su energía primaria quemando petróleo, gas y carbón. La transición nuclear ha causado miles de muertes sólo en Alemania, y un aumento del 73% en emisiones de carbono a la atmósfera. Realmente es bastante complicado ver el beneficio de la prohibición nuclear.
La serie
Como en la Wikipedia, vamos a terminar con una sección “en la cultura popular”. Esta catástrofe se ha revisado en múltiples formatos; vamos a centrarnos en el más llamativo seguramente: la serie de HBO “Chernobyl”, de 2019. Es un espectáculo fascinante, pero hay varias cosas que me chirrían mucho.
La primera es que ya desde el principio vemos a Legásov viviendo solo en un pisucho miserable de Moscú. Nada más lejos de la realidad: tenía mujer y una hija, era subdirector del prestigioso instituto Kurchátov, trabajaba en la universidad de Moscú, y para que nos hagamos una idea: el 26 de abril recibió la llamada fatídica en el teléfono de su coche. En la URSS, en 1986. Vamos, que el hombre tenía un estatus y un nivel de vida decente.
La segunda es cómo se refleja el proceso de liquidación. Parece que el gobierno soviético escatima los medios, lo quiere tener todo controlado. El responsable del KGB vigila en la sombra que nada perjudique al Partido Comunista. Como hemos visto ya, esto está muy lejos de la realidad. El gobierno soviético, el Politburó y su líder Mijaíl Gorbachióf pusieron todos los medios a su alcance para mitigar la catástrofe. Es verdad que los liquidadores se quejaron repetidas veces por tener que hacer su trabajo en malas condiciones, pero también es verdad que el propio Gorbachióf hizo lo posible por mejorarlas. Le iba mucho en ello: el prestigio soviético y el suyo propio al manejar una crisis que estaba muy por encima de sus posibilidades. Y tengamos en cuenta que mover y alimentar a más de medio millón de personas no debía ser fácil para unos países que no eran ricos.
La tercera cosa que me chirría es la más trivial pero también la más fastidiosa. En la serie, durante la explosión de la central, los operarios ven un fogonazo verdoso saliendo del núcleo descubierto. En la cultura popular la radiactividad es siempre verde, como las manillas fosforescentes de los relojes, o las barras que maneja con tanta alegría Homer en “Los Simpson”. Esta otra serie nació en 1989 poco después del accidente de Chornóbil, y le ha hecho un flaco favor a la industria nuclear.
La realidad es que lo que Jodemchúk y el resto de ingenieros presentes vieron es “radiación de Chierénkov”, que es más bien azulada. tiene un origen muy interesante: son electrones que se lanzan más rápido que la luz, y que despiden fotones de alta energía.
Un momento, ¿cómo puede ser que los electrones viajaran más rápido que la luz, si según la física es la velocidad máxima del universo? Pues es que a veces se nos olvida especificar que este límite es la velociad de la luz en el vacío. En otros medios los fotones se ralentizan un poco. Dentro de un diamante por ejemplo no llegan ni a la mitad, 124 mil km por segundo en lugar de 300 mil.. Es así como los electrones generados por una reacción nuclear pueden viajar más rápido. Lo que vemos es una especie de onda de choque luminosa, parecida al boom de los aviones supersónicos. Así que yo personalmente habría preferido un brillo celeste, más original y más realista.
Capítulo 4: Lecciones
¿Qué podemos aprender de esta tremenda catástrofe?
Si te dedicas a la ingeniería, vale la pena adaptar a tu profesión las lecciones de Legásov. Pero también valen para proyectos personales: para construirte una cabaña o para cambiar un grifo en tu casa. Y ya puestos, para conducir un coche, en tu trabajo, con tu pareja. En general, se pueden aplicar a cualquier tipo de situación que no queramos que se repita en nuestra vida. Vamos a repasar estos tres principios.
Uno, hacer que el diseño sea fiable al máximo.
Pues tenemos que revisar todos los posibles puntos de fallo, haciendo que la operación sea por defecto segura, y cuando haga falta usando sistemas redundantes.
Dos: hacer que la operación sea fiable al máximo.
Para eso necesitamos: personal entrenado, con buena disciplina, y que los aparatos sean fáciles de operar.
Tres: todo proceso peligroso debe tener efectos contenidos si falla.
La idea básica es aceptar que en algún punto pueden ocurrir accidentes. Así que nuestro diseño tiene que evitar que, cuando ocurran, vayan a más.
Además de estos tres principios de Legásov, podemos aprender también de cómo las autoridades reaccionaron a la catástrofe, en tres etapas.
La primera etapa es la mitigación. Una vez que ocurre un accidente, tenemos que detenerlo lo antes posible, y evitar que sus efectos se expandan. Si hay un fuego, obviamente apagarlo; pero si queda cualquier otro tipo de peligro, tomar las precauciones necesarias para evitarlo.
Segunda etapa: reparación. ¿Qué o quiénes se han visto afectados por el accidente? Hay que compensar los daños y perjuicios sufridos, sin esperar a que las fuerzas externas te obliguen: ya sean tus jefes, el comité ejecutivo de tu empresa, o la justicia de tu país.
Tercera etapa: prevención.
A continuación viene el punto más importante: tras un incidente grave, hay que asegurarse de que no vuelvan a ocurrir más problemas de este tipo, nunca. Para esto tenemos que atacar todas las debilidades del diseño, la construcción y la operación que hayan podido contribuir.
En este punto tendría que estar clara la necesidad de analizar y entender el incidente en profundidad. ¿Qué lo causó? Por ejemplo, cada vez que hay un accidente aéreo, las autoridades reconstruyen cada pieza del avión y las analizan una a una, hasta que encuentran dónde se inicia el fallo y cómo es que llega a tener consecuencias graves.
Y el corolario: por cada accidente grave hay unos cuantos precursores que no han llegado a más. Si no queremos tener que lamentarnos, pues lo que tenemos que hacer es usar estos avisos para estudiar riesgos y mitigarlos. Siempre en proporción a los efectos, claro: no vamos a estudiar durante una semana un fallo de un grifo de casa. Pero igual sí queremos dedicarle un par de horas, para evitar tener una inundación después.
Agradecimientos
Bueno, y llegamos al final. Quiero agradecer a toda la gente que me ha ayudado a elaborar este episodio de “Cuando todo sale mal”, aunque probablemente se me olviden muchos. La sintonía es “Cuando todo sale mal”, de Lucía Fernández. Con música de: Prokofiev, Mussorgsky, Wagner, Falla, Tuhkimovalssi, Chesnokov, Pergolessi, Rachmáninov, Bartók. Las fuentes que he usado y la transcripción están en la web pinchito.es. ¡Muchas gracias por llegar hasta aquí, y hasta la próxima!
Fuentes
Fuentes documentales:
- Statens Stralskydd Institut: “Chernobyl: its impact on Sweden” (1986).
- Valeri Legásov: The Legásov tapes (1988).
- IAEA: “Report INSAG-7” (1992).a
- “Session of the Politburo of the CC CPSU” (3 July 1986).
- Kaoru Ishikawa: “Guide to quality control” (1976).
- Mijail Gorbachov: “Turning point at Chernobyl” (2006)
- El País: “Archivo de portadas de 1986”.
- Emilio Sánchez Hidalgo: “Cómo contaron los medios el desastre de Chernóbil en 1986” (2019).
- IAEA: “Chernobyl: The True Scale of the Accident” (2005).
- USAFacts team: “Is flying safer than driving?”.
- Mark Joseph Stern: “Did Chernobyl Cause the Soviet Union To Explode?” (2013).
- LA Times: “Soviet Miners in Particular Could Benefit from U.S. Technical Aid” (1990).
- A. Danzer et al: “The long-run consequences of Chernobyl” (2016).
Fuentes sonoras:
- The Bell of Chernobyl.
- Chernobyl: Chronicle.
- Pain and Courage.
- First coverage of Chernobyl.
- Pripyat evacuation audio with subtitle.
- Full recording of phone calls.
- Chernobyl Trial - Full Unedited Tape.
- Inside Chernobyl Reactor 4.
- Makinavaja y Frank Sinatra en Makinavaja, el último choriso.
- Legasov Tapes Extended Edition.
- Boris Scherbina 100th birthday.
Música:
- Manuel de Falla: Noches en los jardines de España. National Symphony Orchestra dir. Enrique Jordá (Decca, 1945).
- Manuel de Falla: El amor brujo. Pittsburgh Symphony dir. Fritz Reiner (Columbia, 1946).
- Richard Wagner: Die Gotterdammerung (excerpts). Wiener Philharmoniker dir. Hans Knappertsbusch (London Records, 1955).
- Selim Palmgren: Tuhkimovalssi. (Fazer, 1955).
- Modest Músorgski: Pictures at an Exhibition. Skidmore College Orchestra (Classicals.de).
- Nikita Bogoslovski: Тёмная ночь (La noche es oscura). Int.: Mark Bernes (1943).
- Giovanni Battista Pergolesi: Stabat Mater. Vienna State Opera Orchestra dir. Mario Rossi (Vanguard, 1955).
- Pável Chesnokov: Panihida. Don Cossack Choir dir. Serge Jaroff (Columbia, 1930).
- Serguéi Prokófiev: Symphony No. 6. Philadelphia Orchestra dir. Eugene Ormandy (Columbia, 1951).
- Serguéi Prokófiev: Waltz from Op.110 no.1. Piano: Serguéi Prokófiev (1946).
- Serguéi Prokófiev: Scythian Suite. Dresdner Philharmonie, dir. Heinz Bongartz (Urania 1954).
- Serguéi Prokófiev: Alexander Nevsky V - The Battle On The Ice. The Philadelphia Orchestra dir. Eugene Ormandy (Columbia, 1949).
- Béla Bartók: Dance Suite. The New Symphony Orchestra Of London dir. Franco Autori (Bartok Records, 1953).
- Alexander Alexandrov: Gimn Sovetskogo Soyuza (himno soviético). (1944).
- Isaac Albéniz: España, Op.165 No. 1: Preludio. Gregor Quendel (Classicals.de, 2026), de hecho una interpretación a medida por la que estoy doblemente agradecido.
- Serguéi Rajmáninov: Concierto para piano no. 2. Residentie Orkest The Hague dir. Willem van Otterloo, piano Cor de Groot (Philips 1951).
- Michio Miyagui: さくら変奏曲 (variaciones cerezo). Koto: Michio Miyagui (Víctor, 1956).
- Serguéi Rajmáninov: Tebe poyem. Russian Church Chorus, dir. I. I. Yukhov (Victor, 1911).
- Piotr Chaikovsky: Sinfonía no. 2. Youth Symphony Orchestra of the Moscow Philharmonic dir. Kiril Kondrashin (A 440, 1954).
- I. Dunaevskiy: Harvest song. Khor i simfonicheskiy orkestr (VRK 1949).
- Camille Saint-Saens: Danse Macabre. L’Orchestre De La Suisse Romande, dir. Ernest Ansermet (London Records, 1953).
- Serguéi Rajmáninov: Isle of the dead. The Philadelphia Orchestra, dir. Eugene Ormandy (Columbia, 1955).
- Serguéi Prokófiev: Concierto para violín no. 2. The New York Philharmonic Orchestra, dir. Dimitri Mitropoulos (Columbia, 1953).
- Serguéi Prokófiev: Concierto para piano no. 2. Fragmento de disco demostración (Westminster, 1954).
- Serguéi Prokófiev: [No 18 F Major,Op 32,No 7] No. 10 Waltz In B Minor. Piano: Moura Lympany (London Records, 1951).
- Frédéric Chopin: No. 10 Waltz In B Minor, Op. 69, No. 2. Piano: Edward Kilenyi (Remington, 1952).
Las piezas publicadas hace más de 70 años, cuyos autores fallecieron hace también más de 70 años, están en el dominio público en la Unión Europea. El resto se usan bajo licencia (Creative Commons o comercial). Reclamaciones.
Publicado el 2026-05-23, modificado el 2026-05-23. ¿Comentarios, sugerencias?
Back to the index.